Tuesday, January 23, 2007

EL NIÑO Y EL BUITRE


EL NIÑO Y EL BUITRE (*)


Lejanamente vivo está el niño contaminado con su hado,
con el único bosquejo impertérrito, con la chispa casi extinguida;
cual antro caído y en decadencia, se mira opaco, resignado;
a tientas se siente una nada esta nada que es el recién parido en el abandono,
pues no hay quien, que con sus manos, pueda cerrar su corazón blando,
o de buscar una lágrima para sus círculos de ascos y nauseas.
Su soledad se entiende con la otra soledad del buitre;
ambos son pura combinación del azar fabricado, intencionado,
y los designios que valen una mierda en el mundo les ha tocado arrastrarse;
compartiendo solo tierra y calor envenenados,
auscultados justo cuando es la hora de partir sin destino.

Ahí está el buitre, con el pico inundado de sangre negra, negra, negra;
altivo, sagrado, fiel a la contemplación de sus espacios recorridos,
y de la luz callada del vástago, siendo éste poca cosa para un voraz estomago.
Él espera complacido, a la vez concentrado, bañado de una irradiación natural; esperando a que termine el suplicio o el despojo de lo inútil de su presa:
mocos, sarnas, hongos, moretones, heridas, cicatrices, pulgas, piojos…
para luego someterse a la ley natural y a la lógica de la hambruna.

El niño, envuelto en una soledad inaccesible,
con dos ojos pequeños, que son dos piedras húmedas,
con un cuerpo que es solo un tumulto extinto de medía vida acongojada,
pero lo suficiente para deplorar a la especie humana,
e injuriar su causa y reírse de su proceder;
espera lo que ningún ser esperaría al despertar cansado:
encontrarse de espaldas con la muerte, palpar una agonía de tan cerca;
sentirla ingresar por los ojos demacrados, hasta atravesar un corazón agitado,
como balas de guerra; y después ser devorado sin bendición alguna
por las atroces formas de vida existentes, formando parte de un silencio evidente junto a los otros restos expuestos en el plano fotográfico.

La cena está servida, buitre…


(*) Poema basado en la fotografía del periodista gráfico Kevin Carter, Premio Pulitzer 1994, quién tres meses después, deprimido, se suicidó.

Thursday, January 18, 2007

POEMAS DOGARESICOS



Vigílame siempre, Dogaresa, ayúdame. Tú que me ves ahora en todas partes y que me conoces: no me dejes caer en tentación.

El cuerpo de Giulia-no
Jorge Eduardo Eielson



AVE SONORA


Para Dogaresa, por nacer brevemente en mí...


AVE que estás callada en medio del ciclo vago de la vida breve,
no escuchas nada sino tus latidos deformes,
que vibran, a la par se remontan hacia una soledad inanimada,
esa soledad que se esconde como un animal tímido.
Pues todo te enloquece, te espanta:
el mar dulce de las costas lejanas,
y dentro de él, los peces silenciosos bebiendo tu sonido interno,
ese sonido disperso en todo tu cuerpo imaginado,
con el desbordante éxtasis que trasmites al liberarte de todo lo vano y ajeno.

AVE que no vuelas alto por amor a la tierra
parecida a un cielo negro, cargado de nauseabundas metáforas,
de simplezas humanas con sus podridos corazones;
te acercas como un eterno remolino sobre nuestras cabezas rotas,
con el único y ciego deseo de quedarte prendada de la música
proveniente del fondo de las lagrimas de vagabundos y miserables;
porque en ellos está el hálito que día a día se mezcla con el aire,
ese aire que navega sin brújula ni mapa por toda la extensión del mundo
y se pierden en tus alas armoniosamente.

AVE que no eres realmente ave,
sino aspiración de ella, pues tus precarias alas, mojadas
Se confunden tiernamente con las manos abiertas
haciendo signos confusos de piedad,
O acariciando trémulamente a las nubes
Y hojas flotando en campo traviesa.
Tú no eres es más que una ave de cera,
que llora, se retuerce, se volatiliza
cuando se topa con la sangre fresca del sol.
Tus ojos no son sino escasos cúmulos de escarcha
que aún siguen abiertos y siguen derritiéndose.











MI/L SONETO


Para Dogaresa, porque será siempre mía


Tú, mi tímido soneto eres visto desde la pura
estancia entregada, sin rencor, al pasional
fervor de esta gracia arrojada hacia la locura
donde los sueños varados están en el meridional


por ahí vagamente fluye silenciosa la hermosa
tragedia de la poesía; cuán inevitable y lenta
te vas consumiendo en una tierna y armoniosa
llama solar, pues no eres sino ceniza exenta

del viento apagado con la llovizna rara de la estación
de primavera; no eres sino una noche para la contemplación,
entre otras lujuriosas que no las añoro, ni menos adoro,


pues ahora sólo me ocupo en descifrarte, poesía haragana,
no obstante, me reconozco en ti ¿ acaso eres la alegoría malsana
en este fallido soneto o el espejo conmovido del que me enamoro?














INMOLACIÓN



Para dogaresa, por procurarme sueños desvelados


qué tratamos hacer de nosotros dos , de los dos,
sino desbaratarnos completamente, andando sobre nuestros
frescos restos, inmunes a todo suplicio o compasión.
pues nos desvestimos ansiosos de encontrar algo nuevo,
y de buscar lo poco que queda después del olvido,
severamente atados en la desesperación misma.
pero no encontramos nada más que el lloro y la desolación;
el moco pegado en tu pañuelo anticuado
la saliva amarga en mi hombro flaco
y la viscosidad de tus lágrimas en el piso.


es que no hay corazón posible detrás de esta carne sin sabor;
somos diabéticos, inodóricamente fríos;
asquerosamente separados, muy lejos de una paz sin razón;
aunque lo último no llegue nunca a rozar nuestras vidas,
pues nos acosan los días y las noches en sacrificio continuo, desordenados, magullados;
nos persiguen como perros sin poste;
y con esto tratamos…
trato de secuestrarme,
y pedir , a cambio de mi siniestra libertad;
tu vida y tu posible vientre desnudo,
o al menos un grito tuyo que llegue a remover el infierno,
o algo que se parezca a eso, menos vergonzoso.


o sino, trato de callar y callar y callar,
y no decir nada más que palabras repetidas febrilmente,
pero inútiles, al fin al cabo,
que conmueva a la rutina y por ende a ti,
en mi deseosa costumbre de vivirte
ya sin ganas, sin deseos, sin recuerdos…






EXECRACION


Para Dogaresa, por su absurda muerte.


Quise mostrarte mis miserias y nauseas,
Enredadas en mi vida, pero inexorablemente te fuiste,
Fuiste desapareciendo como el aliento de un ebrio,
Caduca, espesa y confundida.
Y no dijiste nada.

Quise demorarme en tu vientre abultado,
Aplastar tus pechos caídos, enrojecerme
Por la flacidez de tu sexo abierto al aire,
Pero huiste cual hiena asustada por la media noche.
Y no dijiste nada.

Quise esconderte a un motel sin nombre y, de ahí,
Al cielo extinto, y componer los colores que hubieras palpado,
desnuda, acompañada. Pero el fragor de la contienda te desarmó
E hizo que te tornaras en una gracia pálida.
Y no dijiste nada.

Quise fermentarme a tu lado, como la mierda de una vaca,
oler a mujer y a animal, destinándote para ti,
mi habitación y los cerros repletos de silencio,
Pero un agrio escozor en tu corazón te obligó a perderte
Por siempre en el río negro de escorias.
Y no dijiste nada.

Quise arrastrarme contigo sobre los infértiles campos
en invierno soleado, conservándonos como dos malas hierbas:
extensas, impertinentes, horribles.
Pero un caótico ocaso te tentó a enterrarte nuevamente en tu soledad.
Y no dijiste nada.

Por último,
Quise demostrarte que detestaba esta ciudad en el día,
Riéndome de todos los ternos y las faldas que pasaban,
Y que amaba las acosadas noches muy junto a tu aburrimiento,
Fumando cerca, muy cerca a lo que ya hace tiempo murió sin mí.
Y sin decir nada. Nada.